sábado, 28 de agosto de 2010

Relatos en el fin (de todo)


El tiempo sobra.
Estacionó el auto lejos de la puerta, donde no pudiesen verlo esperar bajo el sofocante calor de la tarde con un cigarrillo en los dedos que no fumó. Un rayo de sol traspasó el parabrisas y se apoyó sobre la frente provocando al instante una gota de sudor que cayó suave hasta el cuello, la secó con la manga de la camisa al tiempo que fijaba su vista en la entrada de la casa varios metros delante; un camino de piedras, mucho verde alrededor, sin vecinos cerca. Una inestable torre de cenizas cayó del cigarrillo consumido, había perdido la noción del tiempo pasado. Aún tenía ganas de fumar, sacó un nuevo cigarro del paquete y golpeó la base contra los nudillos (no entendía para que pudiera servir el mecanismo pero quedaba elegante), apoyó el filtro sobre los labios, tomó el encendedor e hizo girar la rueda. Una chispa insuficiente para crear una llama se hizo visible -cuestión de repetir el simple mecanismo para lograr el fuego- pero antes de volver a intentarlo se preguntó cuál sería el sentido. Saciar una repentina e injustificada necesidad de aspirar humo; si lo planteaba de ese modo no comprendía porque razón fumaba desde un principio, no le parecía sabroso ni gratificante. Ese día podía ser un día para dejar el vicio, lo tenía aburrido. Se quitó el cigarro de la boca y lo dejó apoyado sobre el tablero junto al encendedor y una guía de calles de la ciudad.
En exactamente un mes cumpliría treinta y dos años. Lo recordó al mirarse en el espejo retrovisor, más bien lo tuvo en cuenta otra vez. Dibujó con unos temblorosos dedos el contorno de sus ojos, ahí donde se encontraban los leves indicios de una adultez. Estaba bien, se mantenía, llevaba una vida sana en general, seguía siendo atractivo -mejor que muchos conocidos suyos-, lo sabía, pero el inconsciente recuerdo de la edad lo tenía preocupado. No quería envejecer, no aún. Prefirió colocarse los anteojos de sol como una manera simple de esconder las huellas del tiempo. 
Miró el reloj en su muñeca, las cinco y doce minutos de la tarde. La hora de llegar, tocar el timbre de la puerta y saludar a esos viejos amigos; los mismos que alguna vez creyó perdidos para siempre cuando guardaba la esperanza de nunca volver. Tomó el cigarrillo y lo puso en su boca, recordó que estaba dejando de fumar, lo había planteado minutos antes ¿Minutos? Parecían horas. Con el tubo blanco de tabaco colgando de la comisura de los labios salió del coche, estiró el cuerpo levantando los brazos para tocar el cielo azul libre de toda nube y bostezó aburrido para contarle a un testigo ausente su estado de ánimo en ese momento. El encendedor había quedado dentro. Lo miró a través del vidrio de la ventana, estaba apoyado sobre el tablero. No quería fumar, no quería llegar a la casa, no quería estar allí. Contempló su reflejo en la ventanilla durante un minuto completo, el cigarro colgando, los lentes que escondían la cara y el desgano estampado. Abrió la puerta, medio cuerpo dentro hasta alcanzar el encendedor y fuera nuevamente, encendió el cigarro y caminó arrepintiéndose de no haber estacionado el auto más cerca.

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